Por Guillermo Barreto y Daniel Mattiuzzi
Imágenes de Chema Madoz
En una de las últimas charlas “en persona” a mediados de marzo, un cliente me relató algo que había leído en un libro de crónicas de un periodista y que, revisitado a la distancia, resultó valioso por el tsunami que nos envolvió pocos días después.
De visita en un cuartel en Afganistán, el autor observaba a un equipo de soldados que día a día repetía la misma práctica durante largo tiempo. Su curiosidad le hizo preguntar al jefe del equipo la razón de tantas repeticiones.
La respuesta fue: “estamos ensayando cómo se sale de una emboscada, y eso nos implica actuar en contra de nuestra naturaleza. Si nos disparan, el instinto es retroceder, y ese el mecanismo buscado por tu enemigo. Practicamos una y otra vez, como reaccionar ante la emboscada avanzando, porque tenemos que grabar en nuestras cabezas otro mecanismo que reemplace a lo que nos ordena el instinto”.
Moraleja: en una crisis repentina vamos a reaccionar tal como aprendimos. Los argentinos tenemos un “máster” en abordaje de crisis, pero el contexto a futuro es tan incierto que lo aprendido podría representar un riesgo en vez de remedio.
Para pensar cómo elegimos volver a la actividad y cómo hacer sustentable el negocio, tenemos que entrenarnos para desafiar los límites que nos imponen muchas creencias y prácticas que tenemos grabadas a fuego.
¿Qué hacer al respecto?
El primer paso es identificar esas antiguas certezas que hoy ponemos en cuestión. El siguiente paso será dialogar con el entorno cercano, crear consensos al respecto y ponerle un nombre a las “nuevas creencias”, para luego extender la conversación a todos los equipos y acordar las prácticas que debemos “desinstalar” porque reflejan el viejo paradigma, y hacer explícitas las nuevas prácticas que proponemos consolidar.

